Palma chilena, testigo de nuestra historia

Palma chilena, testigo de nuestra historia

Por Kurt Pfeil O. y Pamela Torres K.

 

A fines de verano comienzan a madurar los frutos de la palma chilena (Jubaea chilensis) e iniciado el otoño, cuando la cubierta carnosa o “grama” se torna naranja, caen al suelo. Nos cuentan en el campo que la grama es utilizada como alimento para animales. Hay otros que dicen que es dulce y que puede ser consumida por las personas.

 

Bajo esta cubierta carnosa se encuentran los coquitos, semillas de la palma, que han sido tradicionalmente cosechados por los seres humanos, pues son muy nutritivos y de buen sabor, además de tener propiedades que los hacen aptos para su uso en cosmética. En tiempos de la Colonia llegaron a exportarse por toneladas al Perú, en ese entonces el centro político del Virreinato. También son alimento para el degú, un roedor nativo que ayudaría a su dispersión al almacenar semillas en su madriguera, algunas de las cuales logran germinar.

Desde la época colonial se fabrica la llamada “miel de palma”, que consiste en la savia cocida de la planta y otros ingredientes presentes en menor cantidad, como el jugo de los coquitos. Este producto llegó a ser muy importante en Chile, en una época en que el azúcar debía importarse y era cara y escasa. Los antiguos pobladores indígenas ya conocían el dulzor de la savia y podrían haber fabricado con ella un líquido fermentado o chicha. Hoy en día la miel de palma se continúa elaborando sólo en la palmería de Cocalán, según un plan de manejo autorizado y supervisado por CONAF.

 

En cuanto a los coquitos, éstos han sido colectados de manera indiscriminada, lo que sumado a la depredación por roedores como la rata negra (Rattus rattus), deja los suelos desprovistos de semillas y de regeneración. Esto ha llevado a que sus escasas y reducidas poblaciones naturales se encuentren avejentadas y en peligro de desaparecer a mediano y largo plazo.

 

Palmares naturales quedan muy pocos. Algunas poblaciones remanentes están en los cerros de la zona central y muy pocas en los valles, donde su explotación ha sido más fácil. Antiguos cronistas mencionan su presencia al menos desde el Limarí hasta el Maule (incluyendo Santiago), llegando a ser “incontables” en algunos sectores. Debido a su explotación para la fabricación de miel de palma, para el consumo de coquitos y a veces simplemente para extraerles el pequeño palmito (parte central y tierna del ápice), lo que hoy vemos es, según estimaciones, no más del 2,5% de lo que existía hace 200 años. Ya en 1877, Vicuña Mackenna advirtió el alarmante declive de la especie.

 

La palma tuvo la mala suerte de pertenecer a la zona más intervenida de Chile: la zona mediterránea. Aquí se gestaron las grandes ciudades, se “limpió el monte” para cultivar y cientos de incendios se han encendido y apagado, año tras año, degradando la vegetación natural. Si bien esta planta, al superar su etapa más juvenil, posee cierta resistencia a incendios de intensidad moderada, la alta frecuencia o intensidad de éstos las debilita y altera su hábitat, provocando erosión y otros efectos nocivos en sus poblaciones. Las principales amenazas para la palma son inherentes a las alteraciones históricas en esta zona geográfica. A los impactos ya mencionados se suma la constante expansión urbana, la depredación de plantas jóvenes o de semillas por animales invasores silvestres o domésticos, la extracción de plantas para venta y su mutilación, por ejemplo para confeccionar ramos en semana santa. Todo ello produce la muerte directa, a veces en una lenta y desapercibida agonía, o su debilitamiento progresivo e incapacidad de asentar su progenie.

La palma es una especie endémica de Chile central, lo que significa que no existe naturalmente en ninguna otra parte del mundo. Es además la segunda palma más austral del mundo. Esta admirable planta puede considerarse como una maravilla botánica. Desde el punto de vista anatómico no se trata de un árbol sino de una hierba gigante y es además evolutivamente muy antigua. Se cree que ya había tomado una forma muy similar a la de hoy hace 65 millones de años, mucho antes de configurarse el clima y la geografía actuales. Además de ser muy antigua, posee una impresionante longevidad, llegando a alcanzar presumiblemente cerca de mil años.

 

La imagen de la palma está instalada en el imaginario histórico y cultural de la zona central. Ya las primeras ramadas se hacían con sus hojas, y sus esbeltas y elegantes columnas pueden observarse en las obras que nos legó el eminente retratista del paisaje chileno, don Onofre Jarpa. En tiempos pretéritos era común encontrar construcciones y objetos hechos con sus hojas, “canoas” (espatas leñosas que cubren las flores) u otras partes de la planta. Eran por todos conocidos los coquitos confitados, que ocupaban el lugar que hoy tienen bocadillos de baja calidad alimenticia. Sin embargo, hoy predomina una actitud indiferente, ignorante e incluso insolente hacia su magnificencia. La ilusión de abundancia infinita y la incapacidad de valorar lo que toma tiempo y dedicación para ser desarrollado, pudo haber contribuido a esta situación. Es triste constatar cómo incluso en espacios públicos es frecuentemente confundida con palmas de origen extranjero, llegando incluso a ser insultada al considerarse su presencia la expresión de un malsano “complejo caribeño”, como si toda palma fuera inseparable de la imagen de una avenida en Miami. Reflejo de este curioso olvido es también su categoría legal y estatus simbólico oficial: a diferencia de la araucaria y el alerce, otros dos grandes protagonistas del bosque chileno, la palma no es Monumento Natural.

 

La palma chilena ha sido asociada con nobleza y señorío y es posible por ello observarla en parques urbanos y rurales y en antiguas haciendas del valle central. La gente tiende a confundirla con la Phoenix de Canarias, pero se distingue fácilmente de ésta por su porte elegante, su forma de botella (en las más adultas), su tronco liso con las cicatrices de las hojas desprendidas sin necesidad de poda y por sus frutos (el de la palmera canaria es similar a un dátil). En comparación con otras palmas, soporta un amplio rango de condiciones ambientales, por lo que ha sido apreciada en el mundo por su cultivo ornamental.

Los palmares se encuentran protegidos. Esta especie está considerada como vulnerable y su tala está regulada. Te invitamos a conocerla y a apreciarla en la ciudad, en el campo y en los palmares silvestres. Para ello, asegúrate de no comprar coquitos de origen desconocido o que hayan sido cosechados en palmares sin un plan de manejo y sin las autorizaciones de las autoridades pertinentes. También asegúrate de no dejar rastro cuando visites un palmar y ayúdanos a difundir estas precauciones para devolverle a nuestra reina el sitial que merece.

 

Bibliografía:

 

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